24/6/16

La última maleta

¿Qué meto en mi maleta? Me han dicho que nos llevarán a un sitio donde podamos vivir tranquilos. ¿Qué necesitaré en mi nuevo hogar? ¿Hará frío? Voy a coger unos guantes, una bufanda y un gorro de de lana. ¡Ah! y también el abrigo gordo. Bueno, pero... también tendré que meter ropa más ligera. Déjame pensar.... El vestido de florecitas y el verde con encaje me valdrán para todo. ¡Uy! no se me tienen que olvidar los zapatos. Cogeré dos, uno para diario y otros para los días de celebración.

¿Qué más meto en mi maleta? Varias mudas, peine, jabón y unas horquillas. ¡Casi se me olvida! El camisón y varias medias. Me llevaré también mis escasas joyas y el poco dinero que tengo ahorrado. Para el viaje, esconderé las cosas de valor en mis enaguas durante el viaje.

¿Qué más meto en mi maleta? Cogeré unas fotos de mis padres y hermanos. Otra de Max. Justo ahora que parece que estaba a punto de pedirme en matrimonio, me tengo que ir. ¿Me esperará? ¿Me irá a visitar? Tengo que apuntar su dirección para escribirle. Lo haré todos los días sin falta. ¡Cuánto le voy a echar de menos!
Auschwitz maleta Polonia
Nada de lo que metí hace dos meses en mi maleta me sirvió aquí, en Auschwitz. ¿En qué estabas pensando Klara? Deberías de haber dejado todo esas cosas inútiles en casa, de las que te desprendieron nada más bajarte del tren de la muerte. ¿De qué te sirvieron ese peine y esas horquillas, si ahora llevas la cabeza rapada? ¿y los zapatos de fiesta si andas entre el barro? ¡Qué engañada me trajeron a esta fábrica de matar!

Ojalá hubiera metido en mi maleta un último abrazo a mis padres, un te quiero más a Max, una última tarde charlando felizmente con mis amigas, un último lo siento a Hanns, un último atardecer junto al río, un último ...

Aquí no hay futuro, ni presente, ni tampoco pasado. Solo espero que la dulce bendición de la muerte me saque pronto de esta tortuosa vida y por fin pueda descansar tranquila lejos de este horror inhumano.

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5/4/16

Reflejos

Reflejos. Reflejos de un lugar es lo que nos traemos con nosotros a la vuelta de un viaje. Sí, solo reflejos, porque el verdadero lugar se queda ahí, esperando que el siguiente visitante se lleve otro. Y el reflejo de otro viajero no será igual que el tuyo, ni del siguiente. No.

Una veces son reflejos de lo que nos esperábamos encontrar después de haber visto y leído miles de cosas sobre el lugar. Otras veces esos reflejos quedan manchados por alguna mota que emborrona ese momento y hace que se distorsione. En otros casos, el reflejo es de un lugar del que poco o nada sabíamos y te enamora hasta el punto de idealizándolo.
Copa de vino en la plaza de Telc, Moravia, República Checa

Hay tantos reflejos como viajeros y lugares. No es mejor el de uno que el de otro, simplemente es distinto. Ese reflejo también puede cambiar a lo largo del tiempo, para bien o para mal. No es algo estático, sino que fluye y está lleno de vida.

Cada uno tiene los suyos bien atesorados, como si de una colección privada se tratase. Yo soy coleccionista de reflejos y ya tengo un puñado que vuelven sin previo aviso. Pero la colección de reflejos no tiene fin, ni se pueden intercambiar. Irán aumentando a lo largo de tu vida, de algunos te olvidarás para siempre y otros los guardarás en el mejor rincón de tu mente para volar hasta ellos siempre que quieras.
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14/1/16

Vuelvo

Vuelvo a Lerma. Vuelvo a casa. Vuelvo a mi familia. Vuelvo y todo es distinto aunque igual. Sí, porque yo he cambiado y tú también, pero seguimos siendo las mismas viejas amigas.

Vuelvo a pisar las calles que tantas veces he recorrido y me sorprendo descubriendo un nuevo detalle que años antes había pasado desapercibido. ¿Te mimo más ahora que no te tengo?

Vuelvo e intento imaginar tus años gloriosos cuando fuiste el capricho del valido de Felipe III y en tus dominios se celebraron unas de las mejores fiestas barrocas del mundo, inmortalizadas por Lope de Vega en su Burgalesa de Lerma.

Vuelvo y conmigo vuelven los recuerdos de mis días contigo. Me has visto jugar, caerme, levantarme, llorar, reír, enfadarme, crecer... observando todo desde lo alto de tu elegante torre.

Vuelvo, pero no regreso. Todavía no, es pronto. Me quedan más por conocer, pero, recuerda, tú siempre serás mi favorita.
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30/11/15

El otoño

Otoño, contigo llegan el frío, los días cortos y las largas noches cerradas. Contigo vienen los paisajes llenos de miles tonos de ocre. Contigo vuelven los abrigos, las bufandas y los guantes. Contigo vuelven las ganas de comer en plato hondo.

Llegas poco a poco, desnudando a los árboles lentamente mientras yo cada vez me visto más. Eres un festival de colores cambiantes que decora tanto la ciudad como el campo sin importarte el qué dirán.
Tu frío nos recuerda lo que es estornudar y dónde está el médico. Nos cuesta adaptarnos a ti, echamos de menos a tu amigo el verano, con el que tan bien lo pasamos. Tampoco es trabajo fácil ser telonero del invierno.

Pero tú te yergues orgulloso y nos regalas días espléndidos por los que pasear disfrutando de tu obra. Por esos días despejados, donde dejas que vea el azul del cielo y que los rayos del sol calienten mi cara, por esos días, te quiero. 
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27/8/15

Mi primera hora de budismo

Deambular por las calles sin rumbo fijo puede llevarte hasta un destino inusual y que recordarás para el resto de tus días. Estando en Kalaw sin mucho que hacer más que descansar y coger fuerzas para el trekking, me encontré con una pareja de recién casados israelíes. Decidí acompañarles al monasterio que ya había visitado por la mañana. Al salir vimos un camino que parecía que llevaba a unas pequeñas colinas no muy lejanas. Decidimos ir a ver qué había por ahí.

No llevábamos mucho andando, cuando de una pequeña propiedad con un jardín salió un monje que sabía tres palabras en inglés. Nos guió hasta donde su compañero U Kondanna quien sí sabía inglés (o eso es lo que nos comentó). U Kondanna nos recibió con la sonrisa eterna birmana en la cara. Después de las preguntas rutinarias, nos propuso que nos sentáramos una hora con él para aprender un poco más sobre el budismo. Aceptamos encantados.
Monje Kalaw
Entre frases en inglés y birmano, este monje, otrora físico, nos preparó un rico té para acompañar las enseñanzas budistas. De repente, el chico israelí estornudó y a U Kondanna le faltó tiempo para coger sus hierbas y polvos y preparar un remedio casero que le quitaría el resfriado en un momento. Entonces fue cuando se animó y al ver que yo llevaba gafas, buscó unas hojas de algún árbol y, después de humedecerlas con la lengua, me puso debajo de cada ojo una. Esto me mejoraría mi miopía.

Cogió un libro de budismo para principiantes y durante una hora estuvo hablando sobre los pilares del budismo, los diferentes tipos y las diferencias entre el budismo de Myanmar y el de otro países cercanos. Todo esto intercalado con más infusiones de hierbas y algún que otro potingue (o pócima) para curar cosas que no sabíamos que teníamos mal. Habló de mucho más, pero no pude entenderlo todo. U Kondanna simplemente cambiaba al birmano sin darse cuenta. 

Una hora justa estuvimos en su casa. Durante esa hora, las miradas entrecruzadas de los tres entre incredulidad y asombro inundaban el ambiente de la habitación.

Cuando terminamos, él tenía que ir al monasterio a rezar y nosotros asimilar lo que habíamos vivido en la última hora. Pero antes, firmamos en su extenso libro de visitas donde gente de todo el mundo dejaba sus agradecimientos y su dirección para una visita casi improbable del monje.
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30/7/15

La última vez que los vi

Ese invierno en Colonia estaba siendo el más duro que se recordaba en décadas. Estábamos todos reunidos alrededor de la mesa del salón, el único sitio donde hacía algo de calor gracias al brasero. Se notaba que papá ya casi no trabajaba y la casa que un día fue cálida, hoy era gélida y triste. Papá y mamá discutían por las facturas y Alfred hacía como que estudiaba anatomía. Había empezado ese año la universidad, pero sus notas no eran muy buenas y probablemente lo tendría que dejar ese mismo año. Yo estaba jugando con una muñeca que había heredado de la prima Sarah. Hoy vendrían todos a cenar a casa a celebrar el sabbat. ¡Qué ganas tenía de ver a tía Esther! Siempre traía algún regalo.

De repente mamá se giró hacia mí y me ordenó ir a comprar algo de comida a la tienda al otro lado del río, la única que estaba abierta un día como hoy. Yo protesté. Estaba muy lejos y cogería frío. Además es una tienda muy concurrida y tendría que esperar demasiado tiempo. Aunque lo peor sería encontrarse a las vecinas cotillas que siempre quieren saber y nunca cuentan nada de su vida. Pero como no quería discutir con mamá, obedecí. Me abrigué lo más que pude y con valor salí a la calle.
Placas para no olvidar en las aceras alemanas

En la tienda me encontré a la señorita Müller, mi profesora del año pasado. ¡Hacía tanto que no la veía! Insistió en acompañarme a casa y yo accedí encantada. ¡Es tan guapa y buena! Por el camino le estuve contando lo mucho que había mejorado ese año en matemáticas.

Se empezaba a divisar mi casa a lo lejos cuando vimos a unos hombres sacando a la fuerza a mi familia de casa. También al vecino del tercero. Y a más gente que no conseguía distinguir. Quise correr y gritar, pero la señorita Müller me cogió, me tapó la boca y nos escondimos en un callejón.

Esperamos más de una hora ahí. Yo lloraba. No sabía muy bien qué había pasado. Fuimos a mi casa y todo estaba revuelto: papeles en el suelo, muebles rotos e incluso alguna mancha de sangre. Lloré más fuerte. Llamé a mamá sin esperanza de que contestara. ¿Dónde estaban? ¿Por qué se los habían llevado? ¿Qué iba a ser de mí?

Más calmada, la señorita Müller me dijo que cogiera mis cosas y que fuera a su casa. Ahí estaría a salvo. Ella cuidaría de mí.

Era el invierno de 1941 cuando mi familia desapareció y nunca más volví a verlos. Al final de la guerra, me enteré que los habían llevado a un campo de concentración y que ahí habían muerto.

Hoy, las aceras de Alemania recuerdan la última vez que vieron a miles de personas deportadas a campos de concentración durante el régimen nazi. Al lado de sus antiguas casas, a la puerta de iglesias o de la universidad hay unas pequeñas placas conmemorativas con el nombre de los desaparecidos.

NOTA: La historia es inventada. Me inspiré en la foto de este post para escribirla, pensando en qué podría haber pasado a los nombres que aparecía en una acera de Colonia. Es inventada, pero pudo haber sido cierta.
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13/8/12

La sirena melancólica

Sé que no tengo que pensar en el pasado, en lo que pudo haber sido y no fue. Pero es imposible que se me vaya de la cabeza cuando cientos de personas al día vienen a verte y te lo recuerdan. Aunque si ellos supieran mi verdadera historia y no la que cuentan en esos dibujos, a lo mejor ya no les parecería tan simpática y me dejarían en paz. Estoy cansada de nadar en las gélidas aguas del mar del Norte y el Báltico.
Sirena Copenhague

No estoy triste porque el príncipe se casara con otra, no. Yo era muy joven y ya se sabe que los primeros amores son idealizados. Eso fue una locura de adolescente. Sin más. Lo que me está matando por dentro es tener que quedarme aquí. Necesito conocer, descubrir, aprender... Tengo lo que los alemanes llaman fernweh. ¡Hay tantos lugares, paisajes, personas y criaturas ahí fuera! Que conste que he nadado por los siete mares. Siempre he sido una cola inquieta. Pero necesito más. Sé que es un sueño imposible. Así que, viajeros, os quiero pedir un favor. Cuando vengáis a visitarme, no solo os hagáis una foto conmigo. Contadme una pequeña anécdota de vuestro lugar preferido, habladme de vuestro país. Para así poder viajar a través de vosotros.
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El monje novicio del puente U Bein

Confieso que es mi foto preferida. Puede que por cómo la tomé o por lo que me gustaba ver por las calles de Myanmar pequeños monjes novicios con sus túnicas color azafrán, medio comportándose como niños, medio jugando a ser mayores.

Mientras esperaba al atardecer en el puente U Bein (el más largo de teca del mundo), observé un grupo de monjes novicios dándose un chapuzón al lado del puente. Tomé algunas fotos de la escena, pero sentía que alguien me observaba. Era este tímido mini-monje.

Me observaba y se escondía. Así estuvimos un rato hasta que le hice una seña para que se acercara, pero salió corriendo, se escondió.

Al rato sus compañeros salieron del agua y saludaron a los turistas. Entonces fue cando él se acercó a mi y me indicó por señas que podía hacerle una foto. Se la hice. Se la enseñé. Se rió. Se gustó. O eso creo. Y se animó a hacerse más con sus hermanos mayores.

Me fui. Se fue. 
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