27/8/15

Mi primera hora de budismo

Deambular por las calles sin rumbo fijo puede llevarte hasta un destino inusual y que recordarás para el resto de tus días. Estando en Kalaw sin mucho que hacer más que descansar y coger fuerzas para el trekking, me encontré con una pareja de recién casados israelíes. Decidí acompañarles al monasterio que ya había visitado por la mañana. Al salir vimos un camino que parecía que llevaba a unas pequeñas colinas no muy lejanas. Decidimos ir a ver qué había por ahí.

No llevábamos mucho andando, cuando de una pequeña propiedad con un jardín salió un monje que sabía tres palabras en inglés. Nos guió hasta donde su compañero U Kondanna quien sí sabía inglés (o eso es lo que nos comentó). U Kondanna nos recibió con la sonrisa eterna birmana en la cara. Después de las preguntas rutinarias, nos propuso que nos sentáramos una hora con él para aprender un poco más sobre el budismo. Aceptamos encantados.
Monje Kalaw
Entre frases en inglés y birmano, este monje, otrora físico, nos preparó un rico té para acompañar las enseñanzas budistas. De repente, el chico israelí estornudó y a U Kondanna le faltó tiempo para coger sus hierbas y polvos y preparar un remedio casero que le quitaría el resfriado en un momento. Entonces fue cuando se animó y al ver que yo llevaba gafas, buscó unas hojas de algún árbol y, después de humedecerlas con la lengua, me puso debajo de cada ojo una. Esto me mejoraría mi miopía.

Cogió un libro de budismo para principiantes y durante una hora estuvo hablando sobre los pilares del budismo, los diferentes tipos y las diferencias entre el budismo de Myanmar y el de otro países cercanos. Todo esto intercalado con más infusiones de hierbas y algún que otro potingue (o pócima) para curar cosas que no sabíamos que teníamos mal. Habló de mucho más, pero no pude entenderlo todo. U Kondanna simplemente cambiaba al birmano sin darse cuenta. 

Una hora justa estuvimos en su casa. Durante esa hora, las miradas entrecruzadas de los tres entre incredulidad y asombro inundaban el ambiente de la habitación.

Cuando terminamos, él tenía que ir al monasterio a rezar y nosotros asimilar lo que habíamos vivido en la última hora. Pero antes, firmamos en su extenso libro de visitas donde gente de todo el mundo dejaba sus agradecimientos y su dirección para una visita casi improbable del monje.
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