30/7/15

La última vez que los vi

Ese invierno en Colonia estaba siendo el más duro que se recordaba en décadas. Estábamos todos reunidos alrededor de la mesa del salón, el único sitio donde hacía algo de calor gracias al brasero. Se notaba que papá ya casi no trabajaba y la casa que un día fue cálida, hoy era gélida y triste. Papá y mamá discutían por las facturas y Alfred hacía como que estudiaba anatomía. Había empezado ese año la universidad, pero sus notas no eran muy buenas y probablemente lo tendría que dejar ese mismo año. Yo estaba jugando con una muñeca que había heredado de la prima Sarah. Hoy vendrían todos a cenar a casa a celebrar el sabbat. ¡Qué ganas tenía de ver a tía Esther! Siempre traía algún regalo.

De repente mamá se giró hacia mí y me ordenó ir a comprar algo de comida a la tienda al otro lado del río, la única que estaba abierta un día como hoy. Yo protesté. Estaba muy lejos y cogería frío. Además es una tienda muy concurrida y tendría que esperar demasiado tiempo. Aunque lo peor sería encontrarse a las vecinas cotillas que siempre quieren saber y nunca cuentan nada de su vida. Pero como no quería discutir con mamá, obedecí. Me abrigué lo más que pude y con valor salí a la calle.
Placas para no olvidar en las aceras alemanas

En la tienda me encontré a la señorita Müller, mi profesora del año pasado. ¡Hacía tanto que no la veía! Insistió en acompañarme a casa y yo accedí encantada. ¡Es tan guapa y buena! Por el camino le estuve contando lo mucho que había mejorado ese año en matemáticas.

Se empezaba a divisar mi casa a lo lejos cuando vimos a unos hombres sacando a la fuerza a mi familia de casa. También al vecino del tercero. Y a más gente que no conseguía distinguir. Quise correr y gritar, pero la señorita Müller me cogió, me tapó la boca y nos escondimos en un callejón.

Esperamos más de una hora ahí. Yo lloraba. No sabía muy bien qué había pasado. Fuimos a mi casa y todo estaba revuelto: papeles en el suelo, muebles rotos e incluso alguna mancha de sangre. Lloré más fuerte. Llamé a mamá sin esperanza de que contestara. ¿Dónde estaban? ¿Por qué se los habían llevado? ¿Qué iba a ser de mí?

Más calmada, la señorita Müller me dijo que cogiera mis cosas y que fuera a su casa. Ahí estaría a salvo. Ella cuidaría de mí.

Era el invierno de 1941 cuando mi familia desapareció y nunca más volví a verlos. Al final de la guerra, me enteré que los habían llevado a un campo de concentración y que ahí habían muerto.

Hoy, las aceras de Alemania recuerdan la última vez que vieron a miles de personas deportadas a campos de concentración durante el régimen nazi. Al lado de sus antiguas casas, a la puerta de iglesias o de la universidad hay unas pequeñas placas conmemorativas con el nombre de los desaparecidos.

NOTA: La historia es inventada. Me inspiré en la foto de este post para escribirla, pensando en qué podría haber pasado a los nombres que aparecía en una acera de Colonia. Es inventada, pero pudo haber sido cierta.
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4 comentarios:

  1. Deben haber unas cuantas niñas como las de tu historia y aún unas muchas miles de más familias como la de tu historia. Triste época y conmovedor fotorrelato :) Saludos Flavia!

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    Respuestas
    1. Muchas gracias Flor.

      Alemania está llena de pequeños memoriales y homenajes a todas esas personas que fueron asesinadas en ese periodo negro de este país. Seguramente las historias reales sean mucho más duras que las que nos imaginamos.

      Un saludo,

      Flavia

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  2. Triste relato, pero como bien dices por desgracia seguro que muy parecido a otro cierto. La historia no se debe olvidar para que no se repita y relatos como éste ayudan a ello. Un abrazo!

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    Respuestas
    1. Sí, muchas veces la realidad supera la ficción y es bueno tener en mente los errores del pasado para no volverlo a cometer.

      Un saludo y gracias por pasarte :-)

      Flavia

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