8/10/12

Chauen: el pueblo azul del valle del Rif

Este pequeño pueblo azul y blanco con numerosos nombres (Chauen, Xauen o Chefchauen) se encuentra en medio del valle del Rif, a poco más de 100 kilómetros de Tánger. Pero aunque está bastante cerca de Tánger, el turismo no es tan abundante, por lo menos en la época que nosotras fuimos. Creo que por su localización entre verdes montañas, por la tranquilidad al recorrer sus callejuelas y por su gente, este pequeño pueblo es uno de mis lugares preferidos en Marruecos.

Cuando nos levantamos, después de un inmenso desayuno, nos pusimos rumbo a Chauen (a mi este es el nombre que más me gusta). Seguía lloviendo algo, pero eso no fue lo peor. ¿Quién dijo que salir de Tánger era una tarea fácil? Estuvimos durante casi una hora intentando salir, por más que preguntábamos siempre llegábamos al mismo punto. Al principio seguíamos las indicaciones hacia Tetuán, pero en un momento desaparecían y no había ninguna otra que nos sonara. En uno de nuestros intentos seguimos dirección Sebta y... voilá, ¡lo conseguimos! Para el que lo quiera saber, Sebta es Ceuta.

El resto de camino hacia el pueblo azul lo hicimos sin problemas disfrutando de los magníficos paisajes verdes que no van con la imagen desértica que tenemos de Marruecos. De vez en cuando nos encontramos con obras en la carretera porque literalmente había desaparecido.
Paisaje de camino a Chauen
Paisaje por el camino hacia Chauen
Una vez ya en Chauen (شفشاون o الشاون) con el coche aparcado, buscamos un hostal para quedarnos. Elegimos uno que venía en la guía, en la parte de económicos. La mayoría de los hostales baratos en Chauen valen unos 10€ por persona. Nos quedamos en el Hostal Gernika. El hostal estaba decorado al estilo del pueblo y limpio. Teníamos una cama para cada una y el cuarto de baño en el cuarto, aunque no era demasiado grande. Como casi todas las casas y hoteles, tiene una terraza súper bonita desde la que se ve toda la ciudad y parte del valle.

Una vez instaladas, nos dedicamos a recorrer el pueblo en el que el deporte nacional es observar. Las casas azules y blancas dan calma mientras paseas por sus estrechas y no muy transitadas callejuelas. Paseamos por las empinadas calles, de las cuales Lerma estaría celosa, subiendo, bajando y volviendo a subir. Siempre con la lengua fuera.
Foto de las calles azules y blancas de Chauen
Yo, mimetizada con el entorno
Cuando nos entró el hambre, fuimos a la plaza de la Kashba y de la mezquita. Ahí yo me comí uno de mis bocadillos preferidos, el de Kefta (es carne picada de ternera con salsas) y Celia se pidió un rico cuscús con verduras, todo acompañado del delicioso té marroquí (creo que no ha habido sitio en Marruecos que no lo haya tomado).

Ya con el estómago lleno y las fuerzas a tope, nos dirigimos a la mezquita vieja de Chauen, que la estaban arreglando, en lo alto de la colina donde las vistas de la ciudad y del Rif son inmejorables, incluso con niebla como lo vimos nosotras. Una vez arriba, pudimos comprobar a lo que llaman trabajar en Marruecos, diez mirando y ninguno trabajando. Pero normal, quién va a trabajar ahí con las vistas que hay.
Vista de Chauen desde lo alto de la montaña
Vistas desde la mezquita antigua de Chauen
A la vuelta, conocimos a un chico de ahí que hablaba español y se llamaba Mohamed (¡Qué raro! ¿no?). Nos llevó a dar una vuelta por el pueblo, enseñándonos también la parte nueva de la ciudad. Cenamos con él y nos invitó a tomar té a su casa. Estaba su padre, un vendedor de alfombras que no hacía más que fumar quif, su simpática hermana pequeña y una de las mujeres de su abuelo (que no paraba de mirarme). Yo casi piso la alfombra con zapatos al entrar al salón. Para el que no lo sepa, las alfombras en los países islámicos donde se reza no se pisan con calzado, hay que quitarse los zapatos. Yo lo sabía, pero se me olvidó por completo. Pasamos un rato agradable hablando y tomando té en el salón de casa. Luego subimos a la terraza de su casa. Nos explicó que normalmente las casas empiezan teniendo una o dos alturas, pero que cuando se tiene dinero, tiempo y ganas se van construyendo más niveles, pero siempre dejando una terraza arriba del todo. En Marruecos no es tan típico que las casas tengan el tejado a dos o cuatro aguas como acostumbramos a ver, suelen ser más planos.
Vista de las montañas del Rif desde una de las calles azules de Chauen
Celia en Chauen
Pero ¿qué hay que ver en Chauen? Yo recomendaría pasear por las calles y relajarse, pero para los que necesiten saber qué monumentos hay, no hay que olvidarse de ver la medina, la cascada (que están fuera de las murallas, donde la gente lava la ropa y se baña en verano), las ruinas de la mezquita vieja, la Kashba, y la mezquita principal.   

Esto es lo que dio de sí el día en Chauen donde conocimos de primera mano la hospitalidad marroquí. Nos gustó tanto que nuestro último día de viaje, volvimos a pasarlo aquí e hicimos una pequeña ruta de senderismo, de la que hablaré justo al final.

¡Ah! se me olvidaba, Chauen está situada en la región de la que se saca toda la marihuana de Marruecos. Ahí no se hacen los trapicheos a gran escala, para eso hay que irse a Ketama, pero hay que tener cuidado con lo que se hace.

Próxima parada, Fez o Fes como más os guste.
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